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De noble familia catalana, nació en Barcelona en 1703. Su padre, don Juan Antonio, Grande de España, y destacado defensor de los derechos del Archiduque de Austria al trono de España, hubo de abandonar la patria tras la instauración borbónica yendo a residir con parte de su familia a Viena mas dejando a nuestro autor, su segundogénito, al cuidado de un catedrático de la Universidad de Barcelona, recientemente disuelta por Felipe V, para que lo iniciara en la carrera de las letras. Fiel al designio paterno, cursó primeramente Humanidades (1717-1719) en el Convento de Dominicos de Barcelona; y Teología de 1719 a 1724 en el Colegio de San Vicente y San Raimundo, marchando después a Lovaina donde en 1728 ó 1729 se graduaba en
ambos Derechos. Atraído entonces por el servicio de las armas, tradicional en su familia, se alistó en los ejércitos imperiales austríacos llegando pronto, gracias a sus méritos y al valimiento paterno, a ocupar altos puestos y a granjearse el favor de Carlos VI que en 1732 lo nombraba Consejero aúlico para Italia, no obstante lo cual una repentina vocación religiosa lo movió a abrazar el hábito de Santo Domingo que recibió el 3 de junio de 1734 de manos del P. General de la Orden el catalán Fr. Tomás Ripoll, haciendo su profesión religiosa en Perugia el 25 de enero de 1735, aunque quedando adscrito al Convento de Santa Catalina de Barcelona.
Primeramente fue Lector de Filosofía en el Colegio de Perugia, donde puso en práctica el método, por entonces totalmente innovador, de explicar a Santo Tomás poniendo en manos del alumnado los textos mismos del Angélico, y fue tal el éxito alcanzado en este intento, que en 1738 el P. General lo nombró Catedrático de la Minerva, en cuyo puesto se mantuvo hasta que el Capítulo de Barcelona de 30 de abril de 1746 lo eligió Provincial de Aragón. Mas no duró mucho tiempo su nueva estancia en Cataluña; al año siguiente pasaba de nuevo a Roma como socio del P. General para las provincias españolas y el 3 de julio de 1756 el Capítulo General presidido por Benedicto XIV lo elegía General de la Orden.
Su gestión al frente de los dominicos fue decisiva para la renovación de lo estudios tomistas; a los seis meses de su generalato en carta dirigida a toda la Orden, aunque de carácter litúrgico, insistía ya acerca de la necesidad de fomentar los estudios doctrinales; «Vosotros debéis conservar, escribía, el culto del Rosario y la doctrina de nuestros santos doctores San Agustín y Santo Tomás, y no solamente conservarlos, sino también propagarlos con todas vuestras fuerzas». Y el 30 de abril de 1757, se dirigía de nuevo a todos los hijos de Santo Domingo con un documento De renovanda et de defendenda doctrina Santi Thomae que habría de constituir el punto de partida de la renovación de los estudios en los conventos de la Orden y un notable impulso para el renacimiento de la Filosofía tomista durante el siglo XIX.
Después de casi veinte años de generalato, decisivos para la Orden y en los que hubo de enfrentarse con energía a las amenazas del galicanismo, cesaba en el cargo tras de haber sido nombrado el 13 de noviembre de 1775 por Pío VI, Cardenal con el título de San Sixto. Su muerte acaeció en Roma el 16 de diciembre de 1780.
Aunque ninguno de los escritos del Cardenal Boxadors posea un carácter filosófico estrictamente dicho, su mención en este lugar obedece, como ya ha quedado apuntado, al singular apoyo que dispensó al desarrollo de la ciencia tomista.
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